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El filósofo Aristóteles ciertamente pensó que la ira era buena para una persona. En la "Ética a Nicómaco", escribió: "El hombre que está enojado por las cosas correctas, con las personas adecuadas, como debería, cuando debería y siempre que deba, es alabado". Pero Aristóteles no tenía que vivir en un mundo donde los periódicos relacionaban la ira con las enfermedades del corazón, ¿cierto?

Hoy, muchos de nosotros vemos la ira como una emoción negativa que no sirve para nada. En un estudio que preguntó a los participantes sobre la ira, el 28 por ciento de los encuestados dijo que su ira era inapropiada, porque la ira es generalmente dañina o inútil. Puede que no nos gustemos a nosotros mismos cuando estamos enojados, y ciertamente no disfrutamos estar con otras personas enojadas.

Sin embargo, como con la mayoría de las cosas, Aristóteles tiene razón. La ira puede ser buena para ti porque está diseñada para protegernos, a nuestras relaciones y nuestra forma de ver el mundo. En la eterna batalla entre el bien y el mal, los efectos corporales de la ira están destinados a decirnos que algo anda mal.

Pasamos por el mundo con metas y expectativas. Algunos de estos objetivos y expectativas son personales: esperamos avanzar en el trabajo y esperamos que nuestros seres queridos no olviden nuestros cumpleaños. Algunas de estas expectativas están conformadas por estándares sociales. Cuando algo viola nuestras expectativas o bloquea nuestras metas, nos enojamos.

Si se presenta por los motivos correctos, y si trata la situación de la manera correcta, enfadarse puede ser bueno para ti. Al igual que con el pastel de chocolate, la ira debe ser regulada con moderación. Para determinar si enojarse puede ser bueno para ti, debemos analizar los factores de cada lado de esa emoción: por qué te enojaste y cómo actuaste cuando estabas enojado. Digamos que estás enojado porque acabas de pasar la última hora lavando todos los platos sucios mientras tu esposo(a) se sentaba frente al televisor. Tú también querías ver la televisión, y lavar los platos evitó que eso sucediera, por no mencionar que esperas un poco de ayuda en la casa de vez en cuando. Cuanto más lo piensas, más te das cuenta de que es una buena razón para estar enojado. Comienzas a irritarte porque tu sangre está bombeando más rápido y notas que tu mandíbula está apretada. ¿Qué haces en este punto? Hay tres opciones básicas para lidiar con el enojo (o expresión de enojo): contener el enojo, dejarlo salir ó controlarlo.

La primera opción podría ser irrumpir en la sala de estar, arrojarte al sofá con un resoplido, para luego rehusar responder a las preguntas de tu cónyuge sobre qué te sucede. Expresar la ira de esta manera no te está haciendo mucho bien. La segunda opción es que puedes irrumpir en la sala de estar y comenzar a tirar los platos recién lavados. En este escenario, la ira no es buena para ti, y ciertamente no es buena para los platos.

Pero si entras en la sala de estar y tienes una conversación tranquila y controlada sobre lo que te está molestando y cómo te gustaría que la otra persona abordara el problema, la ira puede ser muy buena para ti. En los estudios que evaluaron la ira, los participantes describieron la ira adecuadamente controlada como una fuerza iluminadora, ayudando a identificar fallas y fortalezas en las relaciones interpersonales. Enojarse llevó a hacer cambios positivos en esas relaciones.

Cuando puedes manejar y liberar la ira de la tercera manera, con una conversación tranquila, muchos de los estudios aterradores sobre ataques cardíacos y muerte prematura no aplican. Contener la ira, puede llevar a la depresión, y un estudio indicó que las mujeres que reprimían la ira, tenían tres veces más probabilidades de morir que las que no se aferraban a los sentimientos de enojo. En el segundo escenario, la violencia y la agresión afectarán la relación y el cuerpo.

Un estudio encontró que las parejas que expresan su enojo de manera productiva probablemente vivan más tiempo que las parejas que reprimen su enojo.

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