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La presente pandemia y su secuencia de enormes daños es una señal del desequilibrio en las relaciones entre la naturaleza y la humanidad en lo que respecta al desarrollo económico y social de la civilización. Hemos avanzado en crecimiento económico a expensas de la devastación de los recursos naturales. A esto la naturaleza ha respondido con fenómenos de potencia destructiva. Ahora sufrimos la reacción de un virus diminuto que ha paralizado a la humanidad.

Los programas de desarrollo se han hecho sin incorporar medidas de conservación de los recursos vitales. En el transcurso del tiempo se ha talado la mayoría de los bosques, abusado del agua dulce y dañado ríos, lagos y océanos, contaminado el aire y mutilado la fertilidad de los suelos. El resultado es la reducción de los recursos que nos dan la vida que son el oxígeno del aire, el agua y los alimentos, estos últimos afectados por escasez de agua dulce que es la única materia prima para cosechar. El coronavirus nos señala la urgencia de cambiar el paradigma actual por un nuevo modelo de desarrollo sostenible en armonía con la naturaleza que genere cambios hacia la prosperidad. De mantener el modelo actual los desastres físicos y epidemiológicos van a destruir nuestra propia humanidad.

Es maravilloso el intercambio vital entre la humanidad y la naturaleza. Los bosques y la vegetación dan a los seres vivos el oxígeno para respirar y vivir, mientras los seres vivos exhalan dando a los bosques y vegetación el dióxido de carbono para su crecimiento. Los cultivos crecen y cosechan mediante una química de agua con dióxido de carbono. Sin oxígeno, sin agua y sin alimentos es imposible vivir. Hay que complementar el apego a la vida con el aprecio a las fuentes naturales que nos dan la vida.

El coronavirus tiende a bloquear el oxígeno en lucha contra la inmunidad individual y un bloqueo completo causa la muerte. La resistencia al virus depende del estado de salud y eficiencia del pulmón en oxigenar el cuerpo. La rápida transmisión del virus es una experiencia desconcertante para la humanidad y confirma la debilidad de las naciones ante catástrofes imprevistas.

La humanidad es también compleja e imprevisible y esta señal viral diminuta y silenciosa demanda un cambio de mentalidad. El egoísmo y la razón son fuentes innatas de energía que requieren corrección hacia un equilibrio y cambio de actitud que permita entendimiento hacia la seguridad humana y el progreso.

Lo primordial es empezar a promover estas realidades y estudiar a fondo todo lo que afecta la seguridad y el desarrollo humano. El propósito es lograr la armonía del trabajo humano con la conservación de los recursos naturales vitales. Así podemos fundamentar y levantar los tres pilares de crecimiento sostenido: la naturaleza, la humanidad y el desarrollo. El desarrollo es el resultado de la interacción del ser humano con la naturaleza. Mantener estos pilares en equilibrio sostenido será la tarea para esta y las nuevas generaciones. Por ahora, cerca del pico de morbilidad, las medidas mundiales en acción y la dedicación de la tecnología conforman la fuerza para detener la incidencia y virulencia de esta tragedia.

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