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Bangkok es una ciudad de contrastes donde edificios de arquitectura modernista se entrelazan con milenarios templos budistas, tiendas de diseño francés se enfrentan a mercados de artesanía local, camiones de turistas se imponen frente a moto-taxis de colores, y yo, mexicana ingenua, me topé con una ciudad que me es completamente ajena y a la vez familiar.

Ajena porque las letras a las que estoy expuesta parecen salidas de una caja de Froot Loops y porque aquí la adoración espiritual se hace con hoja de oro, incienso y flores de loto. Familiar porque los tailandeses te hacen sentir en casa y porque una sonrisa te lleva muy lejos, estés en México, Tailandia o Marte. La ciudad cambió muchísimo en los últimos 10 años, ya no es una adolescente que no sabe lo que quiere y prueba todos los estilos para ver cuál le queda.

SER BUENO

En mi primera excursión fuera del hotel, fui a Wat Poh, un templo de extraordinaria belleza donde se junta la cerámica china con el budismo tailandés y con la iconografía hindú. Fui parte de una ceremonia de ordenamiento de un monje budista y fue algo increíblemente especial. Su familia observaba con orgullo, mientras afuera había una vasta comida para celebrar el sacrificio de dedicar parte de su vida al único fin de ser bueno. Eso es lo que tiene el budismo, no te pide nada excepto ser bueno, no hacer el mal y no aferrarte a las cosas materiales. Sencilla filosofía en papel, en realidad vivir bajo esos sencillos preceptos es mucho más difícil, pero es un hermoso deseo.

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Dentro del templo principal, después de obedientemente quitarme los zapatos, me vi ante un buda reclinado de 45 metros de largo y 13 metros de alto, cubierto con chapa de oro. No hay lugar donde te puedas parar que te permita absorber la enormidad de su tamaño. ¡Sus pies son del tamaño de mi cocina entera!

VENECIA DE ORIENTE

Salí del templo y caminé hacia el puerto en la arteria principal de Bangkok, el Río Chao Phraya. Tomé un barco para recorrer la “Venecia de Oriente” en la vieja capital de Thonburi. El comparativo con esa ciudad italiana se usa muy liberal porque en realidad son una serie de canales habitados por cocodrilos y flanqueados por casas en pilotes, con pocas esperanzas de sobrevivir a un buen ventarrón. Al salir de esta zona, encontré una gran recompensa: Wat Arun, el Templo del Amanecer, una pagoda sencilla con influencia camboyana que consta de un edificio principal y cuatro periféricos ubicados en los puntos cardinales. Pero su sencillez engaña ya que al acercarse se observa un intricado tejido de cerámica y relieves que la hace parecer un caleidoscopio francés.

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Al subir a la mitad del edificio se aprecian elefantes de tres cabezas y budas en distintas posiciones.

Al terminar la visita tomé un tuk tuk (tricicleta glorificada) hacia el Palacio Real. Este lugar consta de múltiples edificios que van desde el clasicismo tailandés hasta la sobriedad victoriana. Vi templos sublimes, especialmente tres edificios emblemáticos que están cubiertos por completo de cristales transparentes con hoja de oro o de colores. El primero, una pagoda de adoración, es completamente dorado por lo que brilla bajo el implacable sol. A su lado está la biblioteca real que brilla multicolor como piedras preciosas dentro de un cofre. Por último está el edificio funerario que complementa el trío con una gracia y color inusitados. Frente a ellos está el templo principal del budismo tailandés, el del Buda de Esmeralda, la imagen de Buda más venerada del país. El templo es una alabanza a la atención, al detalle y la paciencia. Cada sección amorosamente labrada o pintada, con filas de guardianes mitad hombre-mitad ave, cuidando a su Dios.

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Adentro hay una sensación anticlimática, ya que la escultura principal no es más grande que una silla, sin embargo, el altar y sus vestiduras lo compensan. En las paredes puedes ver la historia de Buda contada de principio a fin.

ESTILO JAMES BOND

Al día siguiente fui al mercado flotante de Damnoen Saduak, a 2 horas de Bangkok. Paré en un muelle y tomé una lancha típica tailandesa, larga, muy delgada y con una propela miniatura, el guía me aseguró que era la misma que utilizó Sean Connery en la película de James Bond - ¡qué afortunada soy!, así que al estilo James Bond recorrí los canales a toda velocidad hasta llegar al mercado. Ahí ocupé un barquito de remo para recorrerlo. La experiencia fue increíble, tienen un intricado sistema que permite que todas las lanchas pasen en un espacio de tres metros. Los vendedores están en otros barquitos y desde ahí venden souvenirs, frutas exóticas, refrescos, cerveza, pescado seco, de todo. Te paras frente al vendedor y regateas el precio hasta que uno de los dos se cansa. Regresé a mi hotel para descansar, después de dos intensos días en la vibrante capital de Tailandia.

Carolina González García es consultora de viajes especializada en Viajes Excélsior. Egresada de la maestría en Estudios de Arte de la Universidad Iberoamericana. Se especializa en lunas de miel y viajes culturales. Tel. 3098-8888/ 3098-8867 / Mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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