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Hace algunos días quedé atrapado en una avenida de la desordenada Ciudad de México, obserbé la expresión y el comportamiento de los demás conductores que se alteraba cada vez más, hasta el punto en que me sentí rodeado por auténticos cavernícolas.

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Lamentablemente el crecimiento desproporcionado de la población y la deleznable urbanización de nuestra ciudad, son factores a los que podríamos atribuirle dichos cambios sociales, ya que la escasez de espacio vital y las inminentes leyes de la proxemia nos orillan a esos extremos.

Los empresarios de la vieja escuela

Cuando era pequeño y trabajaba con el único fin de aprender, conocí a muchos empresarios cuyo modus vivendi radicaba en el vocabulario soez, en la humillación de los subordinados y en un léxico que establecían por medio de gritos y violentos ademanes para que los demás realizaran su trabajo, pero al platicar con los obreros me di cuenta que es inútil intentar que los demás actúen con un sistema fundamentado en los regaños.

Cuando sometemos a otra persona ante nuestro juicio, el individuo instintivamente se pondrá a la defensiva y tratará de justificarse para proteger su lastimado orgullo. Desde el polo opuesto, el afamado psicólogo B. F. Skinner comprobó que es más sencillo influir premiando la buena conducta que castigando el mal comportamiento.

El presidente Lincoln es reconocido como uno de los hombres que mejor sabía manejar a las personas por la gran inteligencia que mostraba al construir sus relaciones sociales; en ocasiones también se enojaba, sin embargo lo que hacía era redactar cartas en las que escribía todo lo que le pasaba por su cabeza y al terminar las quemaba evitando de esa forma generar resentimientos.

Simón dice…

Si usted quiere evocar resentimientos que perdurarán por años, no tiene más que hacer alguna crítica punzante, pues al convivir con otros seres humanos sabemos que tratamos con criaturas emotivas impulsadas por su propia vanidad, pero si deseamos influir en su comportamiento o en su forma de actuar, basta con comprender a la gente e imaginar por qué hacen lo que hacen. Por la fuerza nunca lograremos nada. La única forma de conseguir que alguien haga algo es esforzándonos para que quiera hacerlo y el camino más sencillo es elogiándolo, ya que como dijo el Dr. Dewey, “el impulso más profundo de la naturaleza humana es el deseo de ser importante”.

Poniéndonos en zapatos ajenos

En lo personal disfruto mucho de los postres dulces pero por alguna razón los peces prefieren las lombrices, por eso cuando vamos de pesca no debemos pensar en lo que nos gusta sino en las debilidades de nuestra presa. El mejor consejo que le puedo obsequiar si usted desea ser más persuasivo es concentrarse primero en despertar en su contraparte un deseo auténtico, es decir, hablar sobre temas que a los demás le interesan y no acerca de lo que a nosotros nos entusiasma.

Querido lector, comprendo que en ocasiones es muy difícil cohabitar en este problemático mundo, también que hay momentos en que sólo deseamos explotar y descargar nuestra ira y frustración, sin embargo siempre tenga en mente que así no conseguirá nada, además de que no podrá mantener buenas relaciones, ya que como decía Lincoln, “una gota de miel caza más moscas que un galón de hielo”.

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