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Hace unos días, después de un arduo día de trabajo, me senté en un cómodo sillón y mientras miraba la televisión, en compañía de mi esposa, un anuncio publicitario llamó nuestra atención: una empresa mexicana dedicada a la producción de pan, resucitaba a un par de productos que llevaban varios años bajo tierra. La expresión de mi esposa fue de sorpresa y dijo que quería uno de esos pastelitos de fresa con chocolate, yo pensaba en lo delicioso que era, su cremoso sabor, pero reflexioné y supuse que no sería tan bueno, pues de otra forma no habría desaparecido.

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Al día siguiente, paré en una miscelánea camino a mi oficina, y encontré el producto que ya comenzaba a escasear. Cuando llegué, me senté tras mi escritorio y tras abrirlo percibí un ligero aroma a crema de fresa y le di una de esas mordidas de anuncio que hasta parecen en cámara lenta y miles de recuerdos volvieron a mi mente.

El sabor de la nostalgia

No considero tener credenciales para recomendar el maridaje de un pastelito industrializado, aunque confieso que el sabor fue muy agradable, pero más llamó mi atención el supuesto de que millones de consumidores estaban en la afanosa búsqueda de ese tesoro comestible.

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Cuando terminé, salí de mi oficina y con envoltura en mano, fui al departamento de investigación y desarrollo de la empresa para convocar a una junta, pues una nueva interrogante me daba vueltas…

¿Por qué s i e m p r e los viejos tiempos son mejores que los nuevos? El equipo de investigación salió a las calles circundantes para ver como pensaba nuestro primer grupo de estudio y los resultados fueron los esperados: antes la música era mejor, las caricaturas eran más entretenidas y hasta los atletas realizaban hazañas que hoy serían imposibles.

El culpable

Los seres humanos siempre pensaremos que los viejos tiempos fueron mejores, pues nuestro cerebro es responsable de jugarnos esta treta mediante un poderoso persuasor psicológico que conocemos como nostalgia. Según publicaciones científicas, disfrutar de los recuerdos tiene un efecto positivo en las personas y produce estados de ánimo más felices pues es una invaluable fuente de bienestar psicológico, consecuente de un sutil mecanismo de adaptación para eliminar los recuerdos dolorosos.

Las grandes corporaciones se percataron del increíble poder de la nostalgia y es común percibir los descarados pero exitosos esfuerzos por recrear sensaciones y recuerdos del pasado en la mente de los consumidores. Independientemente de lo buena o mala de una marca, mientras más vieja sea, la percepción que se tenga será más favorable. La estrategia de la que se valen las empresas es con el truco de desempolvar sus viejas campañas publicitarias para que nuestros cerebros generen una asociación con los recuerdos positivos de cuando consumíamos sus productos.

Hacia dónde vamos

Cada vez apreciamos más el tiempo y el que nos lo recuerden nos obliga a tomar decisiones impulsivas, como cuando vemos a un hombre que pasa el medio siglo de edad y conduce un flamante auto deportivo color rojo fuego… y créame no sólo lo hace para sentirse más joven, sino para tratar de reducir inconscientemente la edad que tiene. Rememoré que somos seres extraños deseosos de revivir cualquier vestigio de nuestro pasado y en el futuro le aseguro que cada vez más compañías se aprovecharán de esto, mientras otras ya lo hacen.

Querido lector, sinceramente espero que haya disfrutado de la lectura de este artículo aunque seguramente pensará que mis entregas anteriores eran mejores.

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Mtro. Carlos Raffoul Saba es autor del libro “La Consultora”. Experto en imagen pública y posicionamiento estratégico. Miembro fundador de la Asociación Mexicana de Consultores en Imagen Pública (AMCIP) y Locutor titular del programa radiofónico de noticias “El Ajo”.

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